jueves, 28 de junio de 2012

Poemas para abuelos y abuelas


Abuelo
Llevo de la mano a la ternura
un fuerte roble que me
cobija en tus brazos
cuando estoy triste.

Brindas siempre tu
cariño a cambio de nada,
sólo te conformas
con una sonrisa.
Usted es un fuerte pilar
dentro de mi familia.
Estoy siempre seguro
del cariño que brindas
al estar contigo.
Lo importante es que
hoy estás en cada momento
de mi vida.
Orgullo de mi familia
serás siempre querido
querido abuelo.
Abuela
Abuela, ¿cuántas veces se te ha quebrado el alma?
Dime abuela, dime si acaso no diste tu alma.
Si no diste cada parte tuya y cada día que pasaba en tu vida
y ahora nada. Pedazos de la nada, recuerdos de toda la vida, de toda tu vida.

Y ahora tu cara ajada, tus fuerzas debilitadas, tus manos arrugadas
aquellas que tejen cada alborada con la paciencia y la esperanza del mañana.
Con la prontitud de renovar tu calma,
con la velocidad de tu andada,
con la prontitud de tu alborada.

Gracias abuela, gracias mil.
gracias te doy por enseñarme la calma
por darme fuerza cuando más débil lo estaba.
La vejez
Mienten los que nos dicen que la vida

Es la copa dorada y engañosa
Que si de dulce néctar se rebosa
Ponzoña de dolor guarda escondida.

Que es en la juventud senda florida

Y en la vejez, pendiente que escabrosa
Va recorriendo el alma congojosa,
Sin fe, sin esperanza y desvalida.

¡Mienten! Si a la virtud sus homenajes

el corazón rindió con sus querellas
no contesta del tiempo a los ultrajes;

que tiene la vejez horas tan bellas

como tiene la tarde sus celajes,
como tiene la noche sus estrellas







Amor de grandes
Un amor de “grandes “
es como de pequeños,
con sorpresa mutua,
y secretos escondidos.
Con cartas a medias,
sonrojadas de la pena,
y con miedo a los “perfectos”
que critican y condenan.
Un amor de “grandes”
es juzgado de pecado,
de conspicuo y maldiciente,
de” aventado” e irreverente.
Un amor de “grandes”
es tan puro y verdadero,
que tan solo al intentarlo,
ya se han ganado el cielo.
Se aman con certeza,
¡ahora usan la cabeza!
saben del  futuro y soledad,
y viven en completa libertad.
Están muy  juntos,
¡y se  apoyan!
Se sienten uno solo,
¡y son dos!
¡comparten la aspirina
y el jarabe de la tos!
El amor de los “mayores”
está  bendito,
y  es tan sagrado,
que señale con su dedo,
¡quien lo juzgue de pecado!
Autor;
Brenda L. Domínguez S.


 LAS MULETAS 


Durante siete años no pude dar un paso.
Cuando fui al gran médico
me preguntó: -¿Por qué llevas muletas?
Yo le dije: -Porque estoy paralítico.
-No es extraño, me dijo. Prueba a caminar.
Son esos trastos
los que te impiden andar.
¡Anda, atrévete, arrástrate a cuatro patas!
Riendo como un monstruo
me quitó mis hermosas muletas,
las rompió en mis espaldas…
Y, sin dejar de reír, las arrojó al fuego.
Ahora estoy curado. Ando.
Me curó una carcajada.
Tan sólo a veces, cuando veo palos,
camino algo peor por unas horas.
Bertolt Brecht


Ten esperanzas








Lo comprendes? Lo has comprendido.



¿Lo repites? Y lo vuelves a repetir.


Siéntate. No mires hacia atrás. ¡Adelante!


Adelante. Levántate. Un poco más. Es la vida.


Es el camino. ¿Que llevas la frente cubierta de sudores,


con espinas, con polvo, con amargura, sin amor, sin


mañana?…


Sigue, sigue subiendo. Falta poco. Oh, qué joven eres.


Qué joven, qué jovencísimo, que recién nacido. Qué ignorante.


Entre tus pelos grises caídos sobre la frente brillan tus claros


ojos azules,


tus vividos, tus lentos ojos puros, allí quedados bajo algún velo.


Oh, no vaciles y álzate. Álzate todavía. ¿Qué quieres?


Coge tu palo de fresno blanco y apóyate. Un brazo a tu lado


quisieras. Míralo.


Míralo, ¿no lo sientes? Allí, súbitamente, está quieto. Es un bulto


silente.


Apenas si el color de su túnica lo denuncia. Y en tu oído una


palabra no pronunciada.


Una palabra sin música, aunque tú la estés escuchando.


Una palabra con viento, con brisa fresca. La que mueve tus


vestidos gastados.


La que suavemente orea tu frente. La que seca tu rostro,


la que enjuga el rastro de aquellas lágrimas.


La que atusa, apenas roza tu cabello gris ahora en la


inmediación de la noche.


Cógete a ese brazo blanco. A ese que apenas conoces, pero


que reconoces.


Yérguete y mira la raya azul del increíble crepúsculo,


la raya de la esperanza en el límite de la tierra.


Y con grandes pasos seguros, enderézate, y allí apoyado,


confiado, solo,


échate rápidamente a andar…


Vicente Aleixandre




NO ES VIEJO.







No es viejo aquel que pierde su cabello o su última muela, sino su última esperanza. No es viejo, el que lleva en su corazón el amor siempre ardiente. No es viejo el que mantiene su fe en sí mismo, el que vive sanamente alegre, convencido de que para el corazón puro no hay edad. El cuerpo envejece, pero no la actividad creadora del espíritu.
Para el profano la ancianidad es invierno; para el sabio es la estación de la cosecha. El crepúsculo de la vida trae consigo su propia lámpara. Hay una primavera que no vuelve jamás y otra que es eterna; la primera es la juventud del cuerpo, la segunda es la juventud del alma.
Cuando una noble vida ha preparado la vejez, no es la decadencia lo que ésta recuerda: son los primeros destellos de la inmortalidad. Es estupendo ver un viejo que asume la segunda parte de su vida con tanto coraje e ilusión como la primera. Para ello tendrá que empezar por aceptar que el sol del atardecer es tan importante como el del amanecer y el mediodía, aunque su calor sea muy distinto.


El sol no se avergüenza de ponerse, no siente nostalgia de su brillo matutino, no piensa que las horas del día lo están echando del cielo. No se experimenta menos luminoso ni hermoso por comprobar que el ocaso se aproxima, no cree que su resolana sobre los edificios sea menos importante o necesaria. Cada hora tiene su gozo. El sol lo sabe y cumple hora a hora su tarea.



¡Ah... si todos los ancianos entendieran que su sonrisa sobre los hombres puede ser tan hermosa y fecunda como ese último rayo de sol antes de ponerse!










MI VIEJO.















Es un buen tipo mi viejo





que anda solo y esperando,





tiene la tristeza larga





de tanto venir andando.





Yo lo miro desde lejos,





pero somos tan distintos;





es que creció con el siglo





con tranvía y vino tinto.





Viejo mi querido viejo





ahora ya camina lerdo;





como perdonando el viento





yo soy tu sangre mi viejo





Yo, soy tu silencio y tu tiempo.





El tiene los ojos buenos





y una figura pesada;





la edad se le vino encima





sin carnaval ni comparsa.





Yo tengo los años nuevos





y el hombre los años viejos;





el dolor lo lleva adentro





y tiene historia sin tiempo.





Viejo mi querido viejo,





ahora ya camina lerdo





como perdonando al viento;





yo soy tu sangre mi viejo.






yo, soy tu silencio y tu tiempo.













Click para ir a la segunda parte: Poemas para abuelos y abuelas II


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